Debes creerme que ahora que no estoy en ti,
no te extraño.
No soporto tu oscuridad
que llenó de lágrimas mis ojos;
ni tu ser que no es piedra, ni asfalto.
No soporto el amarillo de tu falsa sonrisa,
ni la tristeza del niño que en ti habita.
O la suciedad en la que estas envuelto de un modo perenne.
Nunca me gustaste porque me quitaste lo único que era
y a cambio me ofreciste soledad
y lejanía
y un frío eterno, aún en el día más cálido.
Y flores. Rosas que nunca fueron mías.
Hoy a la distancia,
curo mis heridas de ti.
Del que es
tan solo un puñado de tierra en el rincón.
Solo eso.
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